
Tras un córner en el primer tiempo, el defensor chileno capturó una pelota en el área y la mandó adentro para darle un triunfo importantísimo al Millonario en su debut en Copa Libertadores
Sería injusto adjudicar todo el cambio, el mérito del cambio, a un solo jugador, acaso un reduccionismo demasiado lineal para ser cierto, pero es desde la presencia de Kevin Castaño que se empieza a explicar este salto de calidad evidente que dio este River que, de un plumazo, recuperó viejas formas de cómo jugar bien a este deporte lleno de misterios que es el fútbol.
El colombiano, que ya había mostrados chispazos de su influencia positiva cuando entró en el segundo tiempo frente a Central, contagió de fútbol a un River que, hasta aquí, se mostraba atomizado y estancado en un juego anodino y muy anunciado, sin sorpresas, repetitivo, sin fluidez. En él, Gallardo encontró la chispa, el contagio, la musa inspiradora. Un ocho de los de antes, de los que hacían jugar a los de alrededor. Este Brindisi moderno le dio sentido a toda la búsqueda frenética del Muñeco. Castaño armonizó, le dio sentido a la circulación, todos entendieron de qué iba la cosa. Meza fue otro, Colidio entró y salió, Mastantuono se sumó a la fiesta, Driussi encontró los pases porque sobraban espacios, Enzo Pérez ya no tenía que tapar tres huecos a la vez, porque la pelota la tenían siempre los de River.
Lo colectivo fue la otra clave, apoyado en un dibujo táctico made in Gallardo, que puso un 4-3-3 dinámico que jamás dio referencias a un Universitario que corría para llegar a ninguna parte, siempre a destiempo, siempre incómodo, siempre tarde.
Sorprendió Gallardo no sólo por los cambios de nombres (Borja afuera, Pezzella también, Galoppo lesionado, Aliendro al banco), sino por un dibujo flexible, con un Driussi de falso 9 que le quemó los papeles a Fabián Bustos, el DT argentino de Universitario. La línea de 3 centrales se quedó sin referencias, también porque a Colidio no lo podían encontrar, y porque Mastantuono, aunque incómodo como falso extremo derecho, también era parte del circuito ofensivo, que por momentos pareció un entrenamiento sin adversario.
River encontró un gol de una pelota parada (Paulo Díaz) que no le hizo justicia a la búsqueda del juego asociado, y a las chances que fabricó (un tiro de Colidio y un cabezazo de él mismo que se fue alto). River pudo haber metido un golcito más antes del descanso, pero lo que se vio en esos primeros 45 minutos en Lima fue lo mejor de la segunda etapa de la era Gallardo.
El 2-0 hubiera sido un buen viento de cola, porque el segundo tiempo cambió su dinámica. Universitario empezó a presionar mejor, a River el juego le dejó de fluir (bienvenidos a la Libertadores), el local se puso en partido y empezó a sufrir. El plan original ya no funcionaba y había que cambiarlo. Por eso Simón, por eso Borja para aguantar la pelota. Los dos ingresos, necesarios, porque la realidad era otra.
Primero fue 4-4-2 para aguantar, después el Muñeco sacó hasta la última hoja del libro para poner tres centrales. Acá también vale la pena detenerse, porque River fue capaz de adaptarse al cambio de escenario, pasar a modo supervivencia y salir ileso. De esto se trata la Libertadores: bancando la parada, aguantando, ganando de oficio, también se sale campeón.
Ahí, aparecieron otros generales. Castaño demostró que también puede raspar, Paulo puso el pecho para bancar y Armani se hizo presente con dos tapadas que hicieron la diferencia.
/escrito por Pablo Ramón para Olé de Buenos Aires
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